En moto hasta Estambul

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Este es un pequeño recuerdo del viaje que hice hace un par de años hasta Estambul, en esa ocasión junto a otras dos compañeros, uno de ellos, Mariano, amigo de toda la vida.

Soy fanático de viajar en moto desde hace muchos años, he podido disfrutar de la tierra y la arena de Marruecos, he viajado hasta lo que dicen la Meca de los moteros, Cabo Norte, me he recorrido España de cabo a rabo…en fin, muchas aventuras y mucho polvo y kilómetros.

Cada cierto tiempo, cuando tengo el mes libre de vacaciones y gracias a la paciencia infinita de mi mujer –tenemos 2 preciosas hijas-, puedo permitirme planificar nuevas rutas. Normalmente siempre viajo solo pero en esa ocasión, por diferentes casualidades y en parte por mi curiosidad de ver cómo era eso de rodar en compañía, pudimos disponer del tiempo suficiente para planificar algo diferente, con la premisa clara de que siempre iríamos por vías secundarias (o al menos en lo que nos fuese posible, claro) y que sería al el extranjero. ¿Qué por qué Turquía? Como ya comenté, la zona Europa ya la he hecho en más ocasiones, por lo que la ocasión merecía un reto algo diferente, que nos exigiera a todos algo más de lo que estamos acostumbrados.

Las etapas que finalmente acabamos haciendo fueron:

Alicante – Andorra: a hacer kilómetros en zona conocida para aprovechar más el tiempo posteriormente.

Andorra – Mortirolo – Mónaco: aquí comenzaron las dificultades, pronto. Uno de los compañeros se quedó atrás para cambiar gomas (se empeñó en no cambiarlas antes de salir…) prometiéndonos ver posteriormente en Munich. Yendo adelantados y en pleno Mortirolo, ya de noche, Mario, mi colega, pincha rueda. Estando donde estamos no se ve absolutamente nada por lo que dejamos su moto en medio de la nada y bajamos en la mía hasta el pueblo más cercano; allí solicitamos ayuda y un personaje –eso me lo parecía a primera vista-, Diego, se ofrece a ir en su furgoneta, a esas horas, a recoger la moto de mi amigo. No quedando contento con tamaño favor, insistió en que pasáramos la noche en su casa, siendo un anfitrión difícil de superar. Cuando menos te lo esperas, siempre acaba apareciendo alguien para ayudarte…

Mariano con su Honda Transalp, que se portó como una jabata

Mariano con Diego, nuestro ángel salvador

Mónaco – Munich, cruzando Austria por Innsbruck: en Mónaco mucho lujo, cómo no rodamos por sus calles que son las mismas del Gran Premio de Fórmula 1, pero según avanzábamos hacia Austria y Alemania se iba poniendo la cosa más interesante.

Las calles de Mónaco

Munich – Praga: ciudades preciosas, ambas. En Munich me impactó la Marienplatz,la plaza que es el corazón de la ciudad y su famoso carrillón del Ayuntamiento nuevo con figuras de tamaño real realizando una curiosa danza. Aprovechamos también para visitar el museo BMW, una pasada de instalación que repasa coches y motos de la marca desde su fundación allá por 1923 (aquí nos pudo la parte motera que llevamos dentro!). De Praga me gustó todo pero me quedo con la anécdota y las risas del restaurante Vytopna, en el que te hacen llegar la bebida y comida en una maqueta de tren.

Praga – Viena (Austria): con pena abandonamos Praga (me dejó enamorao) y llegamos a otra ciudad con solera que desde luego no desmerece a su fama; me llamó especialmente la atención –al margen de todo el trazado urbanístico- el Palacio Hofburg, imperial en todos los sentidos; y sí, era el de la emperatriz Sissí.

Viena – Budapest (Hungría), pasando por Bratislava (Eslovaquia): seguimos recorriendo la Europa más imperial, aunque con tanto adoquín nos llevamos más de un susto por los resbalones de las motos. En Budapest, la ciudad cortada por el Danubio, percibes una ciudad señorial comparable a París o Viena, resistente a pesar de todo a tantos años de trsite comunismo. Tiene bastante vidilla. Me llamó la atención su famoso Parlamento, a orillas del río, construido entre 1884 y 1904: es muy grande, enorme (más de 690 dependencias), muy lujoso e “inspirado” (por no decir otra cosa) en su homónimo (previo) inglés. Merece también la pena visitar el Bastión de los Pescadores, espectacular mirador de 1902, con 7 torres que representan a las 7 tribus fundadoras de Hungría, en el que puedes ver toda la parte de Pest (el Parlamento se sitúa enfrente, en la otra margen del río).

Budapest – Sibiu (Rumanía): seguimos atravesando fronteras y sumando más pegatinas a nuestras maletas. A partir de Rumanía las carreteras empeoran sustancialmente, por lo que la atención y pericia aumentan la exigencia del pilotaje. Al menos tenemos el alivio de que la amabilidad de la gente y los precios más económicos hagan que vayamos a cuerpo de rey, sin privarnos de dormir y comer donde más nos apetezca.

A partir de Rumanía el estado de las carreteras empeora

Sibiu – Bucarest, pasando por la Transfăgărășan y por los Cárpatos y Transilvania: Paisajes espectaculares y naturaleza sobrecogedora, pasamos por las ruinas del castillo original del Drácula…La famosa Transfăgărășan es una caña, para mi más exigente que otras con más renombre como el Stelvio, por ejemplo.

Bucarest – Sofía (Bulgaria): Bucarest no es de las capitales más conocidas pero tiene encanto; Sofía sí nota los años de ostracismo, como una extraña mezcla de lo moderno que intenta sacudirse el polvo y óxido soviéticos que lo empapan todo.

Sofía – Estambul: llegamos a Turquía, en donde nos dejan pasar directamente por un lateral de la aduana, gente muy maja. Estambul es enorme y caótica, te puedes volver loco para llegar a los sitios. Cómo no atravesamos el Puente del Bósforo que separa Europa de Asia (nada menos!). También me llamó la atención la Mezquita Azul (cuestión de gustos, pero me gustó más que la de Santa Sofía), inaugurada en un lejano 1617 y que sorprende por su brillante interior (debido a los azulejos, de ahí su nombre) y sus 7 minaretes que recortan perfectamente el cielo y ofrecen la típica postal de la ciudad. Esta bien merece unos cuantos días que desgraciadamente no tuvimos para conocer mínimamente su esplendor e historia.

Estambul – Tesalónica (Grecia)

Tesalónica – Atenas: Me esperaba más de Atenas, lógicamente la Necrópolis es espectacular pero en líneas generales mucho caos y dejadez, incluso suciedad…en fin, a lo mejor es que cuando tienes expectativas muy altas puestas en algo luego es difícil que estas acaben cumpliéndose.

Atenas – Meteora: paisajes increíbles, con monasterios que aún me pregunto cómo podían hacerse en semejantes lugares, en lo alto de los picos! También me hizo especial ilousión pasar por las Termópilas, lugar de la famosa batalla de Leónidas y sus espartanos contra los persas.

Meteora – Tirana pasando por Bitola (Macedonia).

Otra frontera más…

Tirana – Kotor (Montenegro): ya en la costa adriática, Kotor me enamoró, una de las sorpresas más agradables del viaje: protegida por los Balcanes y situada en una lengua de mar que se adentra tierra adentro, se percibe en cada calle y en sus murallas toda la historia (sus orígenes se remontan al siglo II a. c.) de este enclave estratégico.

Kotor – Dubrovnik (Croacia): Croacia es un país realmente bello, con una costa envidiable, por algo es cada vez más destino turístico, algo que pudimos comprobar en Dubrovnik, impresionantemente bonita pero más atestada de gente.

Dubrovnik – Rijeka: llegamos hasta el principal puerto croata. Aún así Rijeka no es especialmente grande y se respira un ambiente apacible, aderezado por el movimiento de todos los universitarios que allí viven. Este país cada vez me gusta más.

Rijeka – San Marino: abandonamos esta zona del mediterráneo con la vuelta a casa cada vez más cercana, como también más conocido todo lo que nos rodea, el corazón de Europa: más tráfico, más seguridad, paisajes más reconocibles…

San Marino – Pisa (Italia)

Pisa – Roma: Vaticano, Coliseo, Partenón, Fontana di Trevi…lo típico vamos. Otra ciudad en la que podrías quedarte a vivir y no parar nunca de descubrir cosas; el tiempo aquí se lo marca cada uno, la ciudad no te pone límite.

Roma – Civitavecchia para embarcar rumbo Barcelona

Barcelona – Alicante, a la otra punta del Mare Nostrum.

Conclusiones que saco del viaje:

  • Me encanta viajar en moto.
  • Que ahí fuera, la gente es más buena y mejor de lo que te cuentan.
  • Que siempre hay cosas nuevas que ver y descubrir.
  • Que prefiero seguir viajando solo: de una u otra forma tienes que adaptarte a los demás (y ellos a ti) y si surgen roces pueden hacer de algo placentero un auténtico coñazo.
  • Lleva siempre una buena cámara, las buenas fotos ganan valor como sustento de nuestros recuerdos con el paso del tiempo.
  • Que da igual la moto que lleves, el motor de un viaje son tus ganas de conocer mundo, no las tripas de tu máquina (vamos, que hay vida más allá de la 1200 GS…)
  • Me reafirmo en que viajar por Europa es cómodo, seguro y recomendable para cualquiera, aunque sea hasta Cabo Norte: el mayor reto (y diversión y mejores recuerdos) comenzó al salir de Europa avanzando hacia el este.
  • Viajar por Europa es caro…más si lo comparas con los precios que ves a partir de Rumanía.

PARA EL RECUERDO, UN VIAJE INOLVIDABLE

 

Por David Gavina, motero incansable

 

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